Los judíos en Béjar

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JudíosLa historiografía señala que en Béjar y las tierras de su antiguo señorío, que ocupa parte de las actuales provincias de Salamanca, Ávila y Cáceres, hubo presencia continuada de judíos al menos desde el final del siglo XII hasta la expulsión. Está documentada su presencia en algún momento del final de la Edad Media en localidades como Becedas, Gilbuena y Solana (Ávila), Béjar, Candelario, La Cabeza, Fuentes, Navalmoral, Peromingo, Santibáñez y Sorihuela (Salamanca) y Hervás (Cáceres), siendo Béjar la capital del estado feudal que desde mediados del siglo XIII fue administrado por los Zúñiga. De todas ellas solo Béjar y Hervás están documentadas como aljamas, y por tanto dotadas de los servicios e instituciones que permitían a los judíos la completa vivencia de su fe: sinagoga, escuela, baños rituales, carnicería, horno, hospital y cementerio, entre otros.

El Fuero de Béjar recoge las normas de convivencia de los nuevos moradores de la villa, repoblada en buena parte por abulenses. Allí se recoge que los judíos de Béjar pueden jurar por la Torá en los juicios que mantuvieran con la población cristiana, así como disponer de juez propio que ejercía junto con el cristiano en los pleitos que atañeran a personas de ambas creencias, y señalaba los viernes y los domingos como los días establecidos para que pudieran usar los baños públicos.

No existe constancia de la presencia en Béjar de una cerca o muro que separara los barrios judíos de los cristianos, al contrario de lo que señalaba la legislación castellana, y por la documentación investigada pueden consignarse viviendas de familias judías en el entorno del palacio ducal y de las iglesias de Santa María, San Gil y San Juan.

Las persecuciones y sucesos violentos de 1391 en varias localidades del Sur de España motivó un éxodo de judíos hacia la Meseta, con el consiguiente aumento de la comunidad hebrea en lugares como Béjar y Hervás. Precisamente con motivo de la llegada de más judíos y su instalación en una nueva zona de la villa podría haber sido el origen del todavía conocido como Barrio Nuevo, en el que diversos documentos de compra venta posteriores señalan la presencia de población hebrea.

De esos tres siglos han llegado hasta nosotros el nombre de varios de aquellos judíos bejaranos, como los del médico Rabí Ça; el zapatero Samuel de la Tetilla; Isaque Albuer, de profesión ganadero, e incluso recaudadores de impuestos como Simuel de Medina. Pero los judíos más singulares de la aljama bejarana son otros dos de los que nos queda algo más que el nombre y ocupación.

A finales del XIV vio la luz en Béjar Raby Hayyim ibn Mussa. Su prolífica actividad le llevó a practicar la Medicina, traductor, poeta y ferviente defensor de su fe en algunas de las disputas apologéticas del momento. Algunos de sus argumentos se recogieron en su libro Magen va-Romav (La lanza y el escudo). Murió en 1460.

Acuarela de BarrionuevoAntes que él habitó en Béjar otra judía cuyo testimonio nos ha llegado inscrito en la piedra. Doña Fadueña era el nombre de una hebrea bejarana que podría haber vivido entre los siglos XII y XIII y cuya lápida sepulcral fue localizada en buen estado durante unas obras en Béjar en el año 1879. La losa de granito presenta una curiosa inscripción en caracteres dobles cuya leyenda ha sido traducida como “Doña Fadueña, descanse en gloria, gloriosa princesa en lo interior”.

Poco antes del decreto de expulsión nacería también en Béjar Francés de Zúñiga, importante personaje durante el reinado de Carlos V, a cuya Corte perteneció, y autor de una crónica burlesca de notable calidad. En sus escritos el propio Don Francés alude a su posible condición de converso o descendiente de judíos.

Tras la expulsión, y al menos durante los siguientes dos siglos, el Tribunal de la Inquisición practicó numerosas pesquisas y requerimientos en Béjar y su alfoz para tratar de descubrir a los criptojudíos que, tras la conversión forzosa, mantenían ritos y costumbres de su antigua fe. Aún en el 1665 el arcipreste de la iglesia de San Juan, Jerónimo González de Lucio, manifestaba en el Sínodo de Plasencia que “los cristianos viejos en Béjar no son fáciles de hallar”.

Muchos de los que se fueron en 1492 adoptaron el gentilicio de lugar que les vio nacer. Así surgieron las sagas de Béjar, Behar, Bejarano, Becerano, Bicerano y otras derivaciones del topónimo original que se repartieron, primero por otros países de Europa, el Norte de África y la actual Turquía, y posteriormente en América. Muchos de ellos viajan a Béjar cada año para rencontrarse con la tierra que da origen a su nombre y visitan nuestro museo.