En el siglo XVIII -el de las luces-, el Padre Feijoo, en absoluto sospechoso de profesar simpatías hacia los judíos, en su Teatro Crítico Universal [1] y, posteriormente, en las Cartas eruditas y curiosas [2], vino a proclamar con contundencia, contradiciendo las supersticiones o la malevolencia de sus coetáneos poco ilustrados, que aquellos «carecían de cola y no despedían mal olor», como debía ser creencia muy extendida por entonces. Sin embargo tales opiniones se han seguido manteniendo entre el vulgo hasta tiempos recientes, así como la acusación de cometer crímenes sacrílegos entre los cristianos o de ser los responsables de la muerte de Jesucristo.

Dos siglos después, el poeta salmantino, José María Gabriel y Galán, antaño tan leído y venerado en estas tierras, en uno de sus poemas titulado La Pedrada [3] (por traer a colación un ejemplo más o menos contemporáneo de la figura del hebreo en el imaginario colectivo) se refería a los judíos –erre que erre- especificando que:

«eran Judas y unos tíos

que mataron al Dios bueno».

Pero esta acusación de deicidas que pesaba sobre todos los judíos y que incluía, incluso, a los conversos –por otra parte tan extendida en nuestro país-, no arrancaba de época reciente (aunque la iglesia católica la siguiera fomentando y hasta continuase consignando en su liturgia el apelativo de «pérfidos» referente a ellos[4], al menos hasta el Concilio Vaticano II, l962-1965), sino que se remonta a los tiempos remotos en que aquellos se establecieron en la península Ibérica. Sabemos, por los relatos de los evangelistas que lo han transmitido, que Jesucristo fue ajusticiado con muerte en la cruz, como cualquiera que se sublevara o atentara contra el poder de Roma, por orden del procurador Poncio Pilatos. Y también, como nos refiere el evangelio de San Mateo (cap. 27, vers. 25) que, ante la propuesta a la multitud del legado romano de «a quien querían que liberarse si a Jesús o a Barrabás» [5]–que era un bandolero que habría participado en un motín en el que se cometió un homicidio-, los congregados gritaron lo de «a Barrabás» y «caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos». Pero, en todo caso, aquellos fueron los romanos y los judíos del siglo I de nuestra era que, histórica y geográficamente estaban muy alejados unos, de los habitantes actuales de Italia (descendientes de los que forjaron el imperio romano) y otros, de los judíos contemporáneos. O de los que vivieron en los reinos hispánicos -y en Béjar- durante los siglos de la Baja Edad Media –XIII, XIV y XV- a los que hace referencia en sus contenidos el Museo Judío de nuestra ciudad. O los de la comunidad judía de Zamora que, ante la acusación que se les formulaba –como al resto de judíos hispanos- de haber dado muerte a Jesucristo, ellos hacían ascender los remotos orígenes de su establecimiento y residencia en nuestra nación a la época en que Nabucodonosor destruyó el templo de Jerusalén y ordenó su deportación, hechos que sucedieron en el siglo VI antes del nacimiento de Jesucristo[6]. Argumento, además de curioso sin duda irrefutable, aunque los cristianos siguieran tenazmente, siglo tras siglo, con sus acusaciones.

Todo este preámbulo –y antecedentes- viene a cuento de la creación en Béjar de un museo judío citado anteriormente; museo de ámbito castellano-leonés que lleva el nombre del que fuera su creador y mecenas: David Melul, descendiente de aquellos sefardíes que abandonaron España en 1492.

Foto del Museo Judío “David Melul” de Béjar (Salamanca).

Foto del Museo Judío “David Melul” de Béjar (Salamanca).

Pese a las incertidumbres iniciales sobre su implantación en la ciudad y a la eventual aceptación por la sociedad bejarana de una muestra –retrospectiva y permanente- de la historia compartida en los siglos medievales (junto a los musulmanes o mudéjares) con los judíos, la buena acogida que ha tenido tras su inauguración es algo admirable y digno de tener muy presente a la hora de nuestros agradecimientos. Y esta aceptación fue muy cálida, desde el mismo día en que, tras la ceremonia de colocación de la mezuzá [7] a la puerta de la casa solariega del siglo XV rehabilitada para acoger el museo, este se abría al público congregado ante ella; público entre el que, junto a los bejaranos, se encontraban numerosos judíos venidos de los cinco continentes –apellidados Béjar, Behar, Bejarano– que descendían de aquellos que fueron expulsados de la villa bejarana en 1492. Y lo curioso es que compartían con todos nosotros la lengua común, el castellano medieval que hablaban al tiempo de su partida sus antepasados  -conocido por ladino, judezmo o judeoespañol- que trasmitieron a sus descendientes hasta hoy y en la que pudimos comunicarnos aquellos días de encuentro y convivencia…

Pues bien, desde su apertura hace algo más de 10 años –el 6 de septiembre de 2004- este ámbito museográfico, sin hacer demasiado ruido pero con perseverancia, ha ido proyectando, cada año, desde el Patronato de la Fundación que lo rige, y realizando diversas actividades para dar a conocer el pasado judío de los reinos hispánicos –y, de manera especial, el de nuestra ciudad- y la cultura e historia judaicas. De este modo se ha ido haciendo un hueco entre los museos de la ciudad, alguno de ellos tan representativo y de tanto arraigo en la población como es el del escultor Mateo Hernández. Sin menosprecio alguno a este museo, digno de todos los elogios, y sin envanecernos demasiado por el éxito del nuestro, desde hace varios años, el museo judío viene duplicando en número de visitantes del que aquel recibe. Su procedencia abarca a todas las comunidades autónomas de nuestro país (en especial a la de Castilla y León por su cercanía) y también de fuera de nuestras fronteras a países como Portugal, Francia, Alemania, Israel, Chile, Argentina, México, USA, Colombia, Panamá, Uruguay, Venezuela y un largo etcétera.

Pero sobre todo han sido los numerosos actos programados, para divulgar sus contenidos y lo que históricamente ha supuesto el rico legado judío y converso en esta comunidad, tales como: jornadas de puertas abiertas, visitas guiadas de escolares y de diversos colectivos y asociaciones, intercambios de profesores y alumnos de Israel, conferencias, exposiciones, proyecciones documentales, presentaciones de libros, recitales, conciertos etc., los que han conseguido la plena implantación del museo en la ciudad, una actitud positiva en la recepción de los mensajes que transmite y la excelente valoración no sólo de los bejaranos sino también  de todos sus visitantes allende nuestras fronteras.

ANTONIO AVILÉS AMAT
Director/conservador del Museo Judío David Melul.

*Este artículo –ahora actualizado con algunas variantes y correcciones- fue publicado en Béjar al día el pasado año 2014, cuando se cumplía el X aniversario de la creación del Museo Judío.

[1] Tomo V, discurso 5, núm.13.
[2] Volumen III, carta octava, párrafo 42.
[3] Del libro Castellanas.
[4] Oración por los pérfidos judíos incluida en la liturgia del viernes santo.
[5] Era una medida de gracia, que se tomaba por la Pascua judía, de liberar a un preso como proponía el procurador romano.
[6] Aunque es posible que existiesen desplazamientos púnicos y de judíos hacia la península ibérica en épocas muy tempranas, anteriores a la conquista de esta por Roma, no se posee constancia documental de su establecimiento hasta el siglo II d. JC.
[7] Pergamino colocado en la jamba derecha de las puertas de las casas judías que contiene versículos del Deuteronomio. La mezuzá del museo judío es de piedra arenisca de Jerusalén.